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Es difícil comenzar esta narración porque, por más que hubiéramos podido imaginar unos acontecimientos tan inesperados un 23 de Abril de 2.005, nunca nuestra mente habría podido alcanzar a construir una historia como la que realmente vivimos esa mágica jornada. Recuerdo que un par de días antes Puoi y yo, quedamos como en otras ocasiones para tomar algo en el bar de la estación de ferrocarril en Badajoz; después de ello, él sugirió que diéramos un paseo cruzando un puente que conecta la ciudad con uno de los barrios más alejados de la misma.
Curiosamente toda esa zona fue testigo de mis primeros juegos de infancia, así como de mi adolescencia. Sin darse cuenta, mi amigo, había puesto en funcionamiento, mi sensibilidad evocadora. Recorrimos juntos rincones y calles de ese entorno, que a medida que íbamos pisando, hacían resurgir en mi memoria las vivencias que todos guardamos en un lugar escondido de nuestra mente y a las cuales, en ocasiones, necesitamos poner imágenes, para que de nuevo cobren vida. En el entretenido trayecto, por supuesto, hubo momentos para Claudio, nuestra ilusión, nos hacía pensar en la posibilidad de un encuentro con él e incluso, si se daban las circunstancias, que pudiera regalarnos algunas notas de sus canciones. En cierto modo, manejábamos más un deseo, una ilusión, que algo tangible. Un poco a la aventura, como suele pasarnos en Soloclaudio, organizamos el viaje desde Extremadura y a falta de 48 horas, el tiempo empezó a pararse. Nos consolábamos, en el supuesto de que nuestros anhelos no llegaran a buen puerto, con estar todos juntos, una vez más. De la estancia y otros detalles se encargó amablemente Quini. Como de costumbre, la noche antes mi tensión fue en aumento y no concilié el sueño hasta bien entrada la madrugada. A las cinco menos diez de la mañana, comencé a dar vueltas en la cama y sobre las seis, decidí ponerme en marcha; tras desayunar tranquilamente, ultimé mi equipaje de fin de semana y poco antes de las ocho, estaba en el lugar de nuestra cita, esperando con un poco de ansiedad a Paco y Esther; en unos minutos aparecieron e iniciamos nuestro viaje rumbo a Mérida, donde hicimos una pequeña parada para dejar mi coche y seguir la ruta hacia la capital de España en el de Joaquín y con la compañía también ya de Lourdes, su cónyuge. Recuerdo que antes de partir, le enseñamos a Quini el material que Puoi y yo llevábamos para que Claudio nos lo autografiara, el también se animó y tiró de su CD “Sono io”, por si acaso se producía el milagro. En el trayecto los cinco tuvimos tiempo de charlar, saborear el “Io sono qui” con el que nos deleitó el conductor y realizar un profundo análisis de esta magnifica obra de Claudio mientras iban desfilando sus canciones. Solo hubo una parada y cierto es que en tan buena compañía, el camino se me hizo corto. Sobre las 12,30 ya estábamos circulando por las calles de Madrid en un día reluciente y en mi caso, admirado por la visión de una ciudad en continuo movimiento. De camino hacia el hotel, de repente Mari Carmen informa telefónicamente a Puoi que quizás es posible dar la bienvenida en Madrid a Claudio, que aterriza procedente de Santiago de Compostela. Es algo inesperado, no programado y muy emocionante. Tras un par de consultas, encontramos las instalaciones donde íbamos a pernoctar, los nervios empezaron a apoderarse de nosotros y la simple formalización para tomar posesión de las habitaciones se nos hizo eterna. En un tiempo record, abandonamos los ligeros equipajes y nos pusimos de nuevo en movimiento en busca de la boca de metro más próxima, lugar que alcanzamos en escasos minutos. Después de algunos problemas para acceder a este medio de transporte, hicimos nuestro primer trayecto; de todas formas, hubo que enlazar con otra línea para poder llegar al destino final. Muy justitos de tiempo llamé al móvil de Mari Carmen, que me indicó: -Estamos en una cafetería cercana-. La apresurada llegada fue un primer motivo de alegría, intercambiamos besos y abrazos entre todos y casi sin tiempo nos fuimos porque según información de pura casualidad que recabó Mari Carmen, era inminente la llegada del astro de la música italiana.
Las escenas previas al encuentro son difíciles de describir; la mezcla de tensión, emoción e inquietud por cómo podía reaccionar Claudio ante nuestra presencia, se apoderó del ambiente. Su llegada se preveía, así que alguno hacía de vigía avisando puntualmente sobre los vehículos que circulaban por allí; finalmente alguien grito: -¡Ya está ahí!-. Nos parecía increíble que por fin pudiéramos verle tan de cerca. Del coche salieron primero Sandrone, guardaespaldas de Claudio y tras éste, Rosella, su manager y compañera, a la que Mari Carmen dio un regalo de bienvenida. Es indescriptible la sensación que se apodera de tu cuerpo y de tu mente, cuando por fin un momento como éste se hace realidad, las piernas empezaron a flojearme y ese típico cosquilleo emocional comenzó a invadir mi estómago. Por fin bajó del vehículo y ante nosotros percibimos su imagen real, después de toda una vida imaginando un momento así. En su rostro se reflejaba el cansancio del viaje, pero no puso ningún reparo en departir con el grupo durante unos maravillosos minutos.
El primero en abordarlo fue Puoi, que le hizo saber que llevaba toda la vida escuchando su magnífico repertorio, a lo que Claudio, contestó entre escéptico y sonriente : –“¿Verdad?”-, -“Lo sabré yo”-, replicó, mi paisano con total seguridad. Luego Quini...
En medio de un lógico desconcierto, llegó mi turno, estrechando su mano con la mía y completando este saludo con un par de besos. Me sorprendió su cordialidad, tras ello, me preguntó: -¿Quién eres?- Con un cierto tono a lo “James Bond”, contesté –“Me llamo Paco, Paco Póster-“, proseguí interesándome por su estado –¿Qué tal Claudio, como estás?- -Bien, y tú?-. Su primera palabra me sonó previsible, pero he de confesar que las siguientes mostrando preocupación por cómo podía estar yo, me desarmaron. Charlamos brevemente sobre su actuación de la noche anterior, nos comentaba que hubiera querido actuar en vivo en el programa de TV, pero que la acústica y las condiciones técnicas finalmente no lo permitieron. Imbuido en el ambiente y casi sin darme cuenta, sentí su brazo rodeando mi hombro amigablemente.
Poco a poco, fue acercándose a todos sin excepción, repitiendo la misma fórmula de saludo, empezaba a irradiar entre los allí congregados una humanidad difícil de explicar, pero que nos caló hondamente.
Mari Carmen, incansable, le animaba a compartir mesa y mantel con todos los amigos de su Club de Fans español, llegados desde distintos puntos de España (recorriendo infinidad de kilómetros) para estar cerca de él. Aunque no había absoluta certeza de que este hecho pudiera hacerse realidad, quedaron flotando en el aire algunas posibilidades.
Para no molestarle más de lo debido (venía de viaje y lo lógico era que cansado) lo dejamos entrar al hotel y poco a poco, su silueta se fue perdiendo. Recuerdo, que tras ello, hubo una explosión generalizada de adrenalina ante lo ocurrido, nos parecía increíble; por mi parte, no pude reprimir unos saltos al aire, alzando mi brazo derecho con el puño cerrado, intentando dar rienda suelta a mi alegría. Mari Carmen me preguntó entonces -¿Cómo estás Póster?- -Controladamente emocionado-, le contesté. Añadiendo: -Ahora ya puedo coger el Auto-res y marcharme de nuevo a Badajoz, me siento feliz-. Ignoraba que horas después, todo lo sucedido iba a multiplicarse infinitamente. Lo del mediodía había sido sólo un aperitivo inesperado. Lástima no haber estado todos los que luego estaríamos en la “Gran Cita”, pero las casualidades son así. El clan empezó a recorrer las calles sin disimular su júbilo, compartiendo los comentarios que habíamos mantenido con Claudio y lo que supuso el encuentro para cada uno. El hambre nos invadió y no lográbamos ponernos de acuerdo en el tipo de alimento que queríamos tomar, así que primero entramos en un bar de tapas clásico de Madrid...
... y definitivamente tomamos asiento en un restaurante de la Plaza Mayor. En el transcurso de la comida, se personaron también Luis Abel y Pablo con su esposa. Departimos agradablemente, mientras reponíamos fuerzas, nadie podía imaginar, ni por asomo lo que se nos avecinaba...
Continuamos nuestro periplo por el centro de Madrid. Conversando con Shankara sobre música, le hice saber, que quería ver alguna tienda de discos de segunda mano; él me dijo que estaban muy próximas. Algunos decidieron tomar una copa tranquilamente; mientras que Alberto, Shankara y yo, optamos por entrar en una tienda casi especializada en vinilos; inmediatamente nos fuimos al apartado de “italianos” y allí localizamos el LP “Sabato pomeriggio”, lo único que había. Así y todo, Alberto no se dio por satisfecho con lo hallado y raudo y veloz se fue al apartado de singles, donde dio con tres discos pequeños de Claudio que adquirió de inmediato. Seguimos durante un rato en la tienda y finalmente conseguí algunas cosas de mi interés.
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